domingo, noviembre 14, 2010

Bajando desde Playa Ancha

2da. Parte:

Invierno, las calles de Playa Ancha brillan al repiqueteo de la lluvia en la pozas formadas en los cruces de las callejuelas del cerro, el agua se desliza hacia las alcantarillas dispuestas llenándose con el ruido de cascadas espumosas, la escasa gente que espera en el paradero de Pacifico a la espera de la micro verde que baja al plan se refugia en el paradero metálico, abrigada en sus impermeables y ropajes , semi cubren sus rostros con bufandas coloridas, algunos que no advirtieron la repentina lluvia de las once, suben sus cuellos y enfundan las manos en bolsillos de pantalones de paño e intentan encontrar en el refugio un lugar donde no mojarse, alguna secretaria de uniforme lucha contra el viento tratando de mantener el pequeño paraguas floreado cercano al peinado húmedo. El anciano de chaqueta a cuadros luce una barba blanquecina, con algunos visos rubios, su mirada se esconde bajo un sombrero clásico con las alas hacia abajo cubriendo su cabellera blanca de tonalidades brillantes, el paraguas lo mantiene cerrado a modo de bastón, también espera por la micro verde.

Vive hace tiempo en una de las calles de Playa Ancha, en un pequeño cuarto que arrienda en un cité junto a la escalera que baja hacia a Caupolicán casi al llegar a la esquina, tiene una vista hacia el mar y se alcanza a ver hasta la tercera casa de la profunda bajada al termino de la calle, su otro panorama es interior, los escasos muebles antiguos, el escritorio heredado, el baúl en un rincón, la cama de una plaza cubierta con una colcha artesanal y varios cojines de origen hindú, hacen las veces de sillón, living, asiento de la pequeña mesa plegable y lugar de ensueños cuando logra dormir. En otro rincón, un mueble antiguo, mejor dicho un antiguo ropero de dos puertas de color caoba oscuro hace las veces de closet, en una de las puertas un espejo de biseles que denotan su antigüedad, refleja parte de la habitación de muros altos y papeles descoloridos, un par de antiguos cuadros pintados al oleo, resquebrajados y de marcas que alguna vez fueron dorados adorna o disimula un pasado que pudo ser diferente. Sobre el escritorio, un viejo computador convive con innumerables papeles, libros, boletas, ceniceros “Heineken”, recuerdo de algún bar porteño y un cuadernillo abierto en una página casi al final.

La vieja alfombra, que alguna vez estuvo en alguna casa de mayor rango, quizás en un living por su gran dimensión, cubre gran parte del piso de madera le da un toque de calidez. El ruido de la lluvia repiquetea en la ventana de medianas dimensiones de aquella habitación del segundo piso, las cortinas abiertas ayudan a mantener la breve claridad del día gris. “ Debo salir pronto, antes de que se largue la lluvia con todo”, pensó cuando cerro la puerta alta y vidriada con doble candado.

Camina por el breve pasillo donde otras habitaciones similares hacían de esa pensión del puerto su hogar desde que vivía en Valparaíso, baja la escalera larguísima apoyado en un pasamanos de roble, muy brillante, presume por su uso, baja solitario al encuentro de la lluvia y las escaleras que lo llevan a la parada del autobús, es su rutina diaria.

Pero ese día es especial, tiene un encuentro con alguien especial, está impaciente.

Aparece a la distancia el microbús verde de la letra H, que luego enfilará, mejor dicho bajará al plan de Valparaíso, cruzando frente a las Universidades y los estadios, bajando curvilíneas calles y avenidas hasta el borde cercano al puerto, luego doblará por una congestionada calle donde funciona el mercado y el barrio chino, los vendedores de confites, parches curitas, santitos recitaran sus mercaderías: “Señores pasajeros, permítanme su atención, estoy cesante y me gano vendiendo estos parches curita, soy padre de 8 hijos y mi mujer está enferma” , otro a la cuadra siguiente :“ señores pasajeros, mi intención no es molestar”… “ Señores pasajeros que Dios les bendiga y tengan buen viaje””

Lo mismo de siempre, pensó mientras buscaba entre sus bolsillos una moneda de 100 y queda con una tira de parches curita en sus manos, arrugados y ennegrecidos por el manoseo entre una y otra micro. La humedad de la atiborrada micro, los vidrios empañados y los olores de los pasajeros que ya llegando al plan están arrepentidos de bajar tan abrigados, y el sudor mezclado con perfumes baratos y dulzones hace que el viaje se convierta en una aventura épica para el anciano. Necesita respirar, mientras lucha por acercarse a la puerta trasera de la máquina.

“No debo pasarme de la librería,” ya pasó unos 20 minutos y solo quiere llegar a tiempo, es importante piensa inquieto, mientras limpia el vidrio empañado de la puerta trasera.

La lluvia arrecia ese día de invierno del año siguiente al encuentro en la Avda. Argentina, una especie de confabulación del destino hizo que los caminos diferentes confluyan hacia el encuentro entre esos dos seres que vivian cercanos, paralelos pero a la vez muy distantes. Ironicamente tenían en común algo perdido en el tiempo, arrojado en las herrumbres de una antigua librería porteña, un manuscrito que se confundió con los cerros y escaleras, que quizás navegó distancias a bordo de naves preteritas o cabalgo unicornios perdidos en la diversidad de los sueños de quienes lo leyeron sin sentirse interpretados. También hubo otros que despreciaron esa letra oscura o el papel ajado, mas fueron los indiferentes. ¿Ceguera temporal? O nada mas que una jugarreta de la historia del puerto, de la bohemia persistente de bares y casas de putas, de noctámbulos anacoretas perdidos en la voragine porteña.

No lo se...

En otro sector, otro cerro, otro barrio y con otra realidad a la misma hora once, alguien apaga el notebook, termina el último sorbo de café y corre hacia el baño del departamento alfombrado, lava presuroso los dientes, se mira un par de veces al espejo, recorta con pulcritud el bigotillo rubio y con las manos se arregla el pelo. Viste jeans y polera, se enfunda una parka azulina, los bototos de la construcción de color café y gamuza le hacen verse mas alto, se envuelve un pañuelo a cuadros al cuello, parecido a los que usan los palestinos, pero de tonos azules (Le han dicho que hacen juego con sus ojos), piensa vanidoso.. Toma su mochila, guarda el pc y otros cuadernos y cierra las cortinas del living. Es Sábado y el dormitorio lo arreglará la flaca, piensa, mientras le da última mirada al cuerpo que duerme desnudo y cruzado en la King size, “ parece que lo de anoche fue intenso” y sonríe haciendo un gesto con los dedos, “ Chau chica”, susurra como despedida.

Ya en el ascensor, duda en si puso doble llave a la puerta, pero desecha el pensamiento cuando la puerta del ascensor se abre en el primer piso, en fin, piensa “El conserje no deja pasar a nadie desconocido” y camina bajo la lluvia a la parada del colectivo…Debe llegar a la cita a tiempo.

La librería Siglo XX es su destino, “Ojalá que pare esta lluvia maldita”, “ me tiene chato, murmura cuando sube al colectivo, apretado entre dos señoras de abrigos oscuros y pañuelos en sus cabezas…(“Se van a asar de calor mas rato”, ríe, silencioso) mientras una sonrisa se dibuja en el rostro de Luis Emilio…

Continuará

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